El hombre aquel, dice la leyenda, andaba con su Cristo en procura
no de fomentar fe sino de echarse a la bolsa algunos reales. Ocurrió
en Guatemala.
Entonces la justicia se le puso al corte y el santo de los milagros
desapareció de la tierra chapina en manos de su profanador. No
se sabe cómo, pero resulta que el individuo de marras apareció
en Guanacaste y con la misma intención: vivir del Negrito.
Pero el Negrito quería quedarse en Santa Cruz. Cierto día
las autoridades de aquel vecindario se pueron en autos y, al igual que
las de Guatemala, decidieron prender a quien utilizara la imagen para
su propio provecho. El hombre huyó, pero el Negrito quedó
colgado de una rama en lo que hoy se llama parque Bernabela Ramos; es
decir, en el centro de Santa Cruz.
Algún vecino recogió la imagen y la llevó a su
casa; pero al día siguiente no pudo encontrarla. ¿Qué
habrá sucedido? ¿Un robo? No: la imagen había regresado
al sitio en donde la dejó el buscavidas. De nuevo fue llevada
por el devoto santacruceño a su casa; y de nuevo regresó
al mismo lugar. Resultado: quería el santo un templo en su honor.
Y el templo se hizo. La imagen, pequeña y renegrida por manos
interminables de pintura, se identifica porque le faltan dos dedos en
una mano. Y durante muchísimos años - tantos que la tradición
se pierde en las mentes más ancianas del pueblo - ha salido por
los largos y calenturientos caminos de la bajura y la montaña,
casa por casa, aliviando penas y recogiendo limosna.
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